En un diploma del siglo XIV, del obispo Teobaldo de Asís se lee que el bienaventurado Francisco dormía una noche en Santa María de la Porciúncula cuando el Señor le reveló que acudiese al sumo Pontífice messer Honorio, que entonces residía en Perusa, para solicitarle una indulgencia en favor de dicha iglesia de Santa María de la Porciúncula, que había sido restaurada por él mismo.
Él se levantó por la mañana, llamó a fray Maseo de Marignano (Mariñano), su compañero con quien estaba, se presentó delante del papa Honorio y dijo: “Santo Padre, recientemente he reparado para Vos una iglesia en honor de la Virgen Madre de Cristo. Ruego humildemente a vuestra santidad que concedáis una indulgencia que se pueda conseguir sin limosnas”.
El papa respondió: no es costumbre hacer eso, pues es oportuno que el que quiera una indulgencia la merezca, extendiendo su mano en ayuda; no obstante, dime, ¿cuántos años pides de indulgencia?”.
San Francisco le dijo: Santo Padre, quiera vuestra santidad concederme no años, sino almas”.
Y el papa respondió: “¿Cómo quieres las almas?”
El bienaventurado Francisco respondió: “Santo Padre, quiero, si eso place a vuestra santidad, que cuantos vengan a esa iglesia confesados, arrepentidos y absueltos, como conviene, por un sacerdote, se vean libres de culpa y pena en el cielo y en la tierra, desde el día del bautismo hasta el día y hora que entren en la iglesia”.
Respondió el papa: Mucho es lo que pides, Francisco; pues no la Curia romana no acostumbra a conceder semejante indulgencia”.
El bienaventurado Francisco respondió: “Señor, lo que pido no viene de mí, sino de parte de aquél que me ha enviado, el Señor Jesucristo”.
Entonces el señor papa, sin dudarlo, exclamó diciendo tres veces: “Me gusta que la tengas... Mira, desde ahora concedemos que, quienquiera que venga y entre en esa iglesia bien arrepentido y confesado, quede absuelto de toda pena y culpa, y queremos que eso sea válido perpetuamente, cada año, sólo por un día, desde las primeras vísperas y la noche hasta las vísperas del día siguiente”.
Entonces el bienaventurado Francisco, hecha la reverencia, se dispuso a salir del palacio y el papa, al ver que se alejaba, lo llamó y dijo: “¿A dónde vas, simple? ¿Qué prueba llevas la indulgencia?”
Y el bienaventurado Francisco respondió: “Para mí es suficiente vuestra palabra. Si es obra de Dios, él la pondrá de manifiesto. De tal indulgencia no quiero otro documento: que la Virgen sea el papel, Cristo el notario, y los ángeles los testigos”.
El 2 de agosto de 1216, según el testimonio de Pietro Zalfani, que estuvo presente en la Porciúncula, Francisco predicaba delante de siete obispos y decía: “Os quiero mandar a todos al paraíso, y os anuncio una indulgencia que he conseguido oralmente del sumo pontífice. Todos los que habéis venido hoy, y todos los que vendrán cada año en este día, con buena disposición de corazón y arrepentidos, consigáis la indulgencia de todos vuestros pecados”.